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Historia de Panamá

Colón emprende su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo

 

Doblado en 1497 por Vasco de Gama el cabo de Buena Esperanza, que abrió a los portugueses el camino de la India, resolvió Colón, anciano ya y achacoso, emprender otro viaje al Nuevo Mundo, dispuesto cada vez más a encontrar el soñado estrecho que lo condujera, por ruta distinta, a las ricas regiones donde habían llegado aquellos; de modo que mientras Bastidas recorría la costa panameña, Colón hacía en España los preparativos para su cuarto y último viaje.

Al frente de cuatro carabelas zarpó de Cádiz el 9 de mayo de 1502, con su hermano el Adelantado Don Bartolomé y ciento cuarenta hombres de tripulación. Acompañaba también al Almirante en este viaje su hijo Fernando, no mayor de trece años, quien algún tiempo más tarde escribió el interesante relato de la vida y hechos de su padre.

Con vientos propicios la escuadra atravesó felizmente el Océano, y después de tocar en varias islas del Mar de las Antillas, azotado entonces por tremendas borrascas, recorrió la costa centroamericana, desde el Cabo de Gracias a Dios, en Honduras, hasta Cariari, en el territorio costarricense.

Descubrimiento de la bahía del Almirante y de la laguna de Chiriquí
El 6 de octubre fondeó la escuadra en una espaciosa bahía de la cual emergían lozanas islas cubiertas por una variada y exhuberante vegetación y separadas por canales profundos y de limpias aguas. Los naturales que acompañaban la expedición como guías desde las vecinas comarcas, llamaban a tan hermosa y cómoda bahía Caribaró, asegurando que tenían fama sus contornos de ser ricos en oro. En efecto, las comisiones que el Almirante despachó a tierra lograron cambiar por juguetes y bagatelas europeas algunas láminas y águilas de aquel metal que, pendientes de cordones de algodón, llevaban los isleños colgadas al cuello.

De aquella bahía, que se llamó del Almirante, en homenaje a su descubridor, siguió la flota a la de Aburemá, o sea la laguna de Chiriquí, donde igualmente adquirieron los españoles algunas piezas de oro en el comercio de cambio que establecieron con los indígenas de los sitios ribereños. Los naturales adornaban sus cabezas con guirnaldas de flores y coronas formadas de las uñas de animales, pero del cuello llevaban colgadas las lucientes láminas, a cuya sola vista se inflamaba de codicia el pecho de los viajeros.

Algunos indios, conducidos a la presencia de Colón informaron a éste que el metal por el cual manifestaban tanto interés los expedicionarios se producía abundante en las sierras de una región al oriente, a pocos días de distancia, región que los naturales denominaban Veraguas.

Reconocimiento de la costa de Veraguas
Con noticia tan halagüeña respecto de la riqueza de las comarcas que iban a recorrer, siempre con el proyecto de hallar el paso que lo llevara a las regiones civilizadas de la India, abandonó Colón la laguna de Chiriquí a mediados de octubre. Pasó a la altura de la isla del Escudo, visitó las obras de un gran río que debió ser el Calobébora, y en trato amigable unas veces y otras venciendo alguna hostilidad de los indígenas, recogió alguna cantidad de oro y conoció varios puntos importantes de la costa de Veraguas, hasta Cubiga, término, según le informaron, de la región aurífera.

Descubrimiento de la bahía de Portobelo
Continuando siempre el rumbo hacia el Este entró la escuadra el 2 de noviembre en un espléndido y cómodo puerto rodeado de una risueña y elevada comarca, con muchas casas que formaban en el fondo una ordenada población. En sus inmediaciones alzábanse lozanos árboles frutales, palmas, maizales y sementeras, presentando aquel paraje el más bello aspecto. Tanto agradaron a Colón la excelencia del puerto como la hermosura y fertilidad de las tierras del contorno, que dio al lugar el nombre de Porto-belo (Puerto bello), que ha conservado.

Siete días permaneció la escuadra en ese lugar, obligada a ello por lo inclemente del tiempo. Los indios de la comarca establecieron en ese lapso relaciones con los viajeros, llevando en sus piraguas a las naves, frutas, hortalizas y algodón hilado; pero el oro parecía escaso, pues sólo usaban prendas de este metal el cacique y reducido número de indios principales.

La escuadra en Bastimentos y en El Retrete
Con viento favorable salió la escuadra de Portobelo y alcanzó la punta denominada después de Nombre de Dios; pero a poco cambió el tiempo y tuvo que entrar de arribada en un puerto al cual se le llamó de Bastimentos por estar cultivados los terrenos de la costa e islas inmediatas de frutos y maizales. Allí permaneció detenida por lo incesante de los temporales varios días que, dedicaron los marineros a reponer las averías de las naves.

Sin detenerse en un puerto llamado Güiga, navegó la escuadra hasta un pequeño pero profundo surgidero al cual se le dio el nombre de El Retrete. Era precisamente el puerto del Escribano, que un año antes había señalado término al viaje de Bastidas. Al cabo de nueve días de reposo y luego de rechazar un ataque alevoso de los naturales, la escuadra se hizo a la mar, con rumbo siempre al Oriente; pero desconfiando ya el Almirante de encontrar el paso que buscaba, decidió poner proas a Veraguas, para explorar las afamadas minas de oro de esa región.

En la costa de los Contrastes
Vientos adversos y un mar agitadísimo entorpecieron la marcha de la escuadra en su rumbo hacia Veraguas. A cada instante la furia de los elementos pretendía hundir en lo proceloso del piélago las frágiles y maltratadas naves de la expedición. El desaliento había cundido en las tripulaciones por los trabajos pasados en esa costa que Colón denominó tristemente Costa de los Contrastes. Combatida siempre por las tormentas, la flota encontró abrigo en un paraje de la costa digno de mención por la costumbre de los habitantes de fabricar sus viviendas en la copa de los árboles, para ponerse a cubierto del ataque de las fieras y de las inundaciones frecuentes en la región. Al cabo de una lucha constante para salvar una distancia de treinta leguas desde Portobelo, las naves fondearon al fin en las bocas de un río nombrado por los naturales Yebra o Quiebra y llamaron los españoles Belén, por haber llegado allí el 6 de enero, día de la adoración de los Reyes.

Fundación de Santa María de Belén
Colón confió a su hermano Bartolomé la exploración del país circunvecino, lo que dio por resultado, a más del conocimiento de éste, la alianza con los indígenas que lo poblaban debido a la amistad que se logró establecer con el Quibián, poderoso jefe de la comarca, quien la selló en visita que hizo a Colón a bordo de las naves.

Bajo tan favorables auspicios resolvió el Almirante fundar un establecimiento para asegurar la posesión de la comarca, a cuyo efecto hizo construir en una pequeña altura, cerca de la desembocadura del río, varias casas de palma para depósitos de las provisiones y para alojamiento de la gente. Al establecimiento así fundado se le dio el nombre de Santa María de Belén, al frente del cual debía quedar con 80 hombres Don Bartolomé, mientras que Colón marcaba a España en busca de auxilios para proseguir la formal colonización del país y el laboreo de sus minas.


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